DULCE SED: RELATO DE XAVIER CASANELLAS COCA

                                                                                                 Dulce sed

imagen dulce sed

Hacía una semana que el velero no se movía. Me hallaba en mitad del océano, con el motor y la radio estropeados apurando el último sorbo de agua dulce en cientos de millas a la redonda.

Miré una vez más hacia el horizonte. Buscaba retales de nubes o alguna triste ráfaga de viento que alejara aquella pegajosa monotonía. Entonces la vi aparecer. Venía a gran velocidad a lomos de un grupo de delfines. Llevaba un vestido largo, de princesa, con los bajos empapados. Al principio me pareció un dibujo, después una fotografía que al irse acercando fue cobrando vida. La ayudé a subir al barco y advertí la morbidez tersa de sus hombros debajo de aquella ropa. Era alta y de clavícula huesuda, tendría unos veinte años, y una inabarcable mata de pelo negro y reluciente le caía sobre los hombros como un racimo de uvas. Sus labios gruesos, con un sugerente lunar en el centro, y la piel oscura aunque no negra, le conferían una fuerza racial y hacían de ella una mujer hermosa.

Deslizó sus pies sobre cubierta con la sutilidad de una caricia, al tiempo que me miraba con una ingenuidad insolente. Sonrió descubriendo dos hoyuelos que no hacían más que agrandar su extensa boca. Tenía la frescura de las mañanas cuando todo está por suceder. La nariz era preciosa, una obra de orfebrería, de aletas anchas pero pequeña, que dividía unos ojos sesgados en los que se podía observar la noche a cualquier hora del día.

Ante mi asombro empezó diciendo que provenía de una pequeña isla donde moraba junto a tres baobabs y una rosa, su frágil rosa. Continuó narrándome un sinfín de aventuras que le habían acompañado a lo largo de su viaje. Lo hizo de una forma ágil e ingeniosa, como era ella. La velocidad de sus palabras dejaba unos grandes dientes al desnudo que recubiertos de una saliva burbujeante lucían de blanco marfil. Sin darle del todo la espalda, retomé mi trabajo con aquel maldito motor. Sabía que debía apresurarme en encontrar una solución. Ella, en cambio, parecía guiada por una alegría profunda.

De vez en cuando me veía casi obligado a escrutar en aquella mirada envuelta de misterio, capaz de responder una a una mis preguntas con un simple parpadeo. Me parecía tan brillante y limpia como peligrosa.

La mañana transcurrió tranquila, después llegó la tarde y por un instante pareció que aquella chica ya no tenía nada más que contarme. Hasta aquel momento yo me había limitado a escucharla y aunque pareciera extraño su silencio recuperó mi atención. Fue un silencio suave y prolongado, de aquellos repletos de sonidos, de fragancias, de tonalidades. Poco a poco fuimos aproximando nuestras miradas hasta que los dos sentimos sed. De la nada apareció una brisa, muy fina, casi inapreciable, pero suficiente para que sus cabellos acariciaran mi rostro. El cielo nos regaló una gota que fue resbalando despacio pero atrevida por cada uno de los poros de su mejilla, hasta posarse un instante eterno en sus labios carnosos. Miré hacia las nubes y no tuve la menor duda de que aquello nos haría zozobrar.

La brisa se transformó en un viento húmedo que soplaba con fuerza anunciando tormenta. Empecé a desnudar el barco recogiendo raudo las velas que se me antojaron más grandes que nunca. Las sentí suaves cuando rozaron mi piel, casi de seda, mientras, ella deslizó sus dedos sobre el timón abarcando todo su grosor, disfrutó sintiendo la solidez de la madera, la tersura de sus nudos como rígidas venas. Empapados, decidimos bajar al camarote a refugiarnos en la más profunda oscuridad, sólo interrumpida por algún efímero relámpago que iluminaba su belleza. Pude sentir como el barco temblaba, se estremecía. La madera gemía arqueándose y el perfume de la mar era salado como jamás lo había olido. Las olas iban creciendo y alzando la embarcación hasta el cielo para luego dejarla caer con furor sobre sus espaldas azules. Mientras, el viento jadeaba incansable recorriendo cada uno de los rincones de aquel barco ya a la deriva. El agua se tornó negra primero para verse luego salpicada por pedazos de espuma blanca fruto del incesante golpeteo de las olas.

Y llegó la calma. El viento cesó. El velero descansó, en reposo. La tempestad había pasado con fuerza dejando un lastre de sosiego. Subimos para sentarnos en proa, donde abrazados, con su cabeza apoyada entre mi hombro y el pecho contemplamos la luna sumergida bajo nuestros pies. Nos sentimos gigantes.

Por la mañana desapareció igual que había venido, yo seguía sin viento y ella pensando en su rosa.imagen dulce sed

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