RASSEL: RELATO DE ANNA LAFUENTE PONS

RASSEL

Anna Lafuente Pons

Bajando la escalera lo vi: él subía a duras penas. Tenía el pelaje blanco no muy acicalado. Era mayor y estaba demasiado grueso, todo ello le dificultaba la subida. Pasó por mi lado, pero siguió su camino escaleras arriba, pensaría que si se paraba ya no subiría más escalones. Después oí que la puerta de un piso de más arriba se cerraba.

Había sido una buena mascota, siempre estaba en la falda de su cuidador pendiente de sus caricias y ronroneando al recibirlas. Cuando le oía llegar iba hacía la puerta de la calle y le esperaba sentado sobre sus patas posteriores, sabía que su dueño le tomaría en sus brazos y le besaría. Ambos se hacían compañía, incluso dormían juntos. En invierno él dormía sobre la cama para recoger el máximo de calor y en verano se ponía debajo, pues el suelo estaba más frío. Su dueño se había tomado la molestia de enseñarle que en lugar de hacer sus necesidades en la cajita de tierra, tenía que pegar un brinco y apoyarse en la taza del váter, y él curiosamente siempre lo hacía. En verano se sentaban a tomar el fresco en el balcón que daba a la calle y ambos contemplaban los transeúntes, su cuidador le hablaba y él levantaba sus orejitas como si comprendiese lo que su amigo le decía; ambos se entendían con solo mirarse.

Su cuidador era un hombre de avanzada edad, delgado y muy alto. Tenía tres hijos que ya no vivían en casa y que tenían demasiadas obligaciones. Él apenas les veía y cuando iban a visitarle ya no sabía qué decirles, tenía la sensación que no les importaba mucho. Su mujer habitualmente no estaba en casa, iba y venía cuidando a alguno de sus nietos o ayudando a sus nueras.

Era un hombre que se había pasado su vida trabajando con ahínco para todos ellos y que ahora se sentía demasiado solo. Era él, su mascota, lo único que le reconfortaba con sus caricias. Un día como tantos otros, que su mascota estaba en su falda le dijo:

—Tengo que marcharme muy lejos y tú no me puedes acompañar.

Él no le hizo caso, siguió levantando sus orejitas y pidiéndole un premio.

—Comes demasiado y ya sabes ella nos reñirá a los dos y te obligará a subir y bajar las escaleras — dijo refriéndose a su mujer.

—Tendrás que tomarte en serio que ya no eres un chaval igual que yo y que necesitas comer menos y hacer algo de ejercicio.

Él siguió haciendo caso omiso de sus consejos y pidiéndole el premio. Su dueño, como siempre, se lo dio.

Últimamente aquel hombre salía más a menudo de casa, siempre solo, y aún parecía haber languidecido más. Conmigo había coincidido en alguna ocasión en la farmacia de debajo llevando siempre una bolsa repleta de fármacos. Otras veces desde la ventana de mi casa, le había visto entrar en el consultorio del practicante, seguramente a que le administrara algún medicamento parenteral con asiduidad. Me fijé que le costaba andar, que se cansaba más de lo habitual. Al subir las escaleras de casa lo hacía apoyándose fuertemente a la baranda, como si le faltara la fuerza para levantar el pie e iniciar la subida. Era una finca antigua que no tenía ascensor.

El mes de junio, como cada año, me marché una semana de vacaciones a la playa. Al llegar a casa la vecina salió a recibirme, entonces vi en la expresión de su cara que algo grave había ocurrido. Su relato me dejó helada y en el fondo pensé que hice bien no haber estado en casa.

Me contó que el señor del cuarto piso se había lanzado desde su balcón a la calle. Me lo contaba con horror ya que ella lo había visto todo. Aquella noche no podía dormir, tenía mucho calor y me levanté a abrir la ventana. De pronto oí un ruido, era parecido a un saco lleno de arena que cae desde arriba. Me asomé por la ventana y le vi: Él también se había tirado del balcón desesperado en busca de su cuidador y amigo y ahora no podía moverse.

Bajé rápidamente con una manta para poder envolverle y oí los chillidos y sollozos de su dueña.

—Rassel ¿por qué me has hecho esto?

Subí con él a consolar a la señora. Le dije que estaba vivo, pero que precisaba cirugía urgente, ya que me pareció que sus dos patitas delanteras estaban fracturadas.

Así era.

Tras varias semanas le volví a ver, le habían puesto unas prótesis en las patas delanteras y debía subir y bajar las escaleras a diario para que su recuperación fuera más rápida, él detestaba esta rutina. Esta vez sí que me miró reprochándome porqué lo había recogido.

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s