PROTORELATOS: SIN CERCO EN EL CAMPO (UN RELATO DE EDUARD GUDAYOL)

steve-mccurry-india-bombay

Eduard Gudayol

Sin cerco en el campo

 

Llegué a la India virgen sin saberlo y me avergüenzo de ello. Cuando pisé las calles de la India era lo más parecido a un adolescente con acné que a todas horas desea cerrar los ojos y dormir con una sabana puesta en la cabeza. Y es que mi primera experiencia no fue buena: niños pidiendo cualquier objeto, viejos implorando una hogaza de pan, tullidos rogando unas monedas, madres suplicando leche para poder dar a sus hijos. La primera impresión del turista es que la India es como el coño de la más grande de las prostitutas, a la que no logras saciar por mucho que lo intentes.

Estoy acostumbrado a actuar sin pedir permiso ni consejo, así que no se me da bien justificar mi comportamiento, pero lo intentaré. A los veinticinco logré tener mi propia empresa, a los veintisiete fui nominado joven emprendedor del año y a los treinta quise explorar nuevos mercados en Asia. Mi primera parada fue la India. Era joven pero creía saberlo todo acerca del mundo. Lo tenía a mis pies por haber conseguido en poco tiempo el sueño de todo hombre, poder mandar a todos cuanto te rodean. Creía que la vida podía enseñarme pocas cosas más, pero sólo pisar sus calles me dí cuenta de mi adolescencia como persona. Mi virginal idea de ver el mundo chocó con la construcción que había hecho de él, a base de retales occidentales sacados de mi imaginario pudiente. Y es que la India es capaz de ruborizar al mayor de los caraduras, a mi entre ellos.

Cualquier calle de Bombay requiere la misma atención que prestarías a una inmensa máquina del millón con cien bolas jugando a la vez. Las calles son como uretras ensanchadas por el paso de espermatozoides multicolores que bailan siguiendo difusos coros de voces. Gente, ruido y olores apelmazaban aun más el ambiente de bochorno. Por la noche, al cerrar los ojos, el recuerdo martillea la mente con figuras escurridas que caminan de forma grácil por la suciedad, cuerpos exiguos que se amontonan recostados en paredes deslucidas y ratas que han perdido cualquier vergüenza a exhibir su voluptuoso cuerpo.

El olor de las calles de Bombay es tan intenso que a parte de olerlo puedes palparlo. El hedor tiene forma de lavadora que, llena de ropa sucia, estiércol, heces y sudor, centrifuga echando un vaho fétido que hiere todos tus sentidos, incluso los que habías olvidado tener. El primer día que circulé por las calles, me impactó ver como un viejo con una pelliza mezcladas a partes iguales de colores y suciedad recogía con las manos el excremento de una vaca que segundos antes se había vaciado en medio de la calle. La hez fue aprovechada para abonar un arbusto que desde las alturas contemplaba el ir y venir errático del animal y la digna pobreza del viejo. Su gesto me enseñó la mayor manifestación ecológica y de reciclaje nunca antes vista.

Por suerte, pasados los primeros días, logras abandonar la sucia cerradura por la cual ves pasar los acontecimientos que se van sucediendo en la calle. Mirar la cara de los hindú es como decidirse a cambiar el color de tu coche y ojear un muestrario donde sólo hay colores degradados que van del verde aceituna al negro, pasando por el marrón. Lo trágico es saber que la indicación que marca el muestrario bendice la suerte que le espera a cada uno de ellos. La gente autóctona dice que no existe peor karma que reencarnarse en un perro en la India, y no es para menos viendo como los tratan, pero también acabas teniendo la certeza que no hay nada mejor que la vida de un blanco en las calles de Bombay. Sin querer acabas agradeciendo a la suerte divina por estar pintado de blanco reluciente, en vez de cualquier de los tonos marrón oscuro que desfilan por las calles. Alguien importante eligió el color de mi piel y por todas partes los menos afortunados deseaban tratarme como cualquier príncipe europeo el día de su boda. Los excesivos cuidados recibidos eran los alfileres que desinflaban poco a poco mi panzudo ego. Las muestras se sucedían en tal cantidad que lograban en mi un mal que llegaba ser físico.

Otro día, el esqueleto de un descolorido camión rojo con volquete oxidado pidió paso para moverse entre el nido de hormigas en que los transeúntes nos convertíamos. Kilos y kilos de plátanos verdes apilados encima del camión sin gracia y, encima de ellos, un chico recostado que, con tez oscura y sonrisa de contraste, me saludó efusivamente. Otra vez el intento de escamotear mi destello blanco no surtió efecto y me convirtió en diana de toda atención. La felicidad con que me saludó el chico me indicó que sólo con mi simple presencia fui capaz de hacerle feliz. Me sentía como el huésped que roba a su anfitrión y que, al finalizar el sigiloso delito, es capaz de tomar las efusivas gracias de su víctima. Simplemente no merecía ni quería recibir tanta hospitalidad.

Señor, una rupia, oí decir detrás mio. Vi un sonriente niño y me pareció justo darle un billete de cincuenta, o lo que es lo mismo, la nimiedad de cien pesetas de aquel entonces. Los parpados del niño se separaron como la fina capa de aceite flotando en un bol de agua y a la que se le ha añadido una gota de anti-grasa. Sus ojos blancos resaltaron sobre la oscura piel, hizo un pequeño salto que pareció que levitase durante unos segundos y entre sollozos de felicidad y se perdió entre la muchedumbre. El ruido gatuno de su lloro violó mi aplomó en forma de fino consolador de la marca bienestar. Durante días, al llegar cansado a la habitación del hotel, carroñero por haber luchado por escombros económicos y porcentajes invisibles, me estiraba en la cama para tomar la droga depresiva del recuerdo de los redondos ojos blancos del chico de las cincuenta rupias.

Los últimos días en Bombay intensifiqué mis visitas turísticas para conocer la ciudad más a fondo. En un barrio de las afueras me topé con un coolie que transportaba una pesada barra de hierro. Era tan negro como el hocico de la vaca que nos observaba, eso le convertía en un intocable. No pude evitar regalarle desde la distancia una amplia sonrisa de afecto. Me gusta pensar que fue un intento de demostrar matemáticamente la igualdad entre dos unos de diferentes colores, aunque la extrema efusividad que mostré indicó mi marcado, por siempre más, sentimiento de culpabilidad por haber tenido tanta suerte en esta vida. Me sobresalté al ver que, a pesar del enorme peso que soportaba, se acercó hacia mi. Estaba anhelante de darle todo lo que me pidiera. Cien, doscientas rupias, cualquier cosa que limpiase los recodos de mi consciencia. Una foto, hazme una foto, así mi alma nunca morirá, me dijo. Hipnotizado por el carácter de su petición, saqué mi precioso Iphone último modelo y disparé. Luego, me acerqué para mostrársela. Deseaba que tirase de mi móvil y se lo llevara para sacar las rupias necesarias que le permitieran escapar de la cárcel donde estaba metido. Al ver la foto, el vértice izquierdo de sus labios se movió hacia el cielo como el brazo de un títere. Su sonrisa quedó muy por debajo de sus pómulos mientras que sus tristes ojos quedaron prisioneros del color de su piel.

Las negociaciones de trabajo llegaron a su fin. Todo quedó firmado y atado como el peso que sujeta los papeles un día de viento. Al abandonar el país era consciente que el peso de mis contratos ataba la rama del árbol del desarrollo de la pobre y hospitalaria gente. Sólo deseaba volver a España y que mis numerosas ocupaciones calcinasen de blanco mi enferma consciencia. Al aterrizar y ver pasar desde el taxi las calles de mi ciudad, extrañamente volví a sentirme como el adolescente que desea vivir acostado en su habitación. Había llegado a la India siendo un joven virgen y a la vuelta me había convertido en un traumático viejo violado. Ya no quería andar por las calles vacías o los parques limpios de niños de mi ciudad. No quería ver las frías construcciones lineales del trayecto que unía mi apartamento con el despacho. Echaba de menos los cálidos redondos ojos blancos y las sonrisas de contraste de la gente hindú. Pero estaba condenado a vivir en mi jaula de oro, compartida con otras aves rapaces, para, un día, morirme desangrado por las picadas del remordimiento en un rincón de mi impoluta habitación.

El contacto otra vez con la vida occidental me enfermó. Cenas para fortalecer contactos, reuniones vacías de contenido, despachar proyectos nuevos de expansión, viajes a sucursales, etc. Durante semanas el peso de los contratos firmados aplastaban mis huesos contra cualquier silla que encontraba a mi paso. Cada porcentaje ganado, cada euro que crecía en mi cuenta, cada estimación positiva era percibida como el atraco al niño con los redondos ojos blancos o al intocable preso de su piel. La zozobra me apelmazaba los sentidos como lo hace el oxido que se adhiere a los engranajes para hacerlos lentos y ruidosos. Deseaba salir corriendo de los errores que me habían envuelto en una niebla matutina perpetua. Tardé sólo dos semanas en vender la empresa. Dos minutos más en encontrar un vuelo directo a la India. Dos días para despedirme de família y amigos. Doce horas volando entre turbulencias para llegar a mi destino. Cuarenta minutos para bajar del avión y recoger las maletas. Y cuando finalmente salí a la calle mi excitación andaba suelta por entre mis caderas. Los amigos Calor, Hedor y Bullicio me dieron la bienvenida. Las calles me saludaban moviendo sus largos brazos, contorneando sus formas al pasar, tal y como no haría mejor un pulpo bailando con unas patas multicolores. Bombay me saludaba y se alegraba de tenerme entre su gente. Ahora me tocaba a mí devolverle tal recibimiento dispensado.

Busqué un apartamento en un barrio de las afueras. El precio era irrisorio, comparándolo con mi alquiler de Barcelona. De risa también fue saber el precio medio de la manutención en Bombay. De ninguna manera me dispensaría trato especial, me conformaría comiendo como lo hacía cualquier otro de mis oscuros hermanos. Una vez sumado todo me dí cuenta que, con el dinero de mis ahorros, podía pasar más de mil años en esta ciudad. Otra vez más me sentí culpable por tanta suerte. Era obvio que debía solucionar tanta injusticia recibida. El ingenio del joven emprendedor del noventa y siete se puso en marcha para dar salida a la necesidad de tantas personas. Siempre fueron las sumas y las multiplicaciones lo que más me interesó de las matemáticas, hasta que conocí este pueblo. Ahora sólo las utilizo para conseguir mayor éxito en los proyectos de ayuda que emprendo, luego encumbro las divisiones a la cima que nunca debieron de abandonar.

De todo esto ya hace más de veinte años, así que supongo que después de contarles mi historia pensarán que soy una persona excéntrica. Se preguntarán que cómo puede haber personas que teniéndolo todo deciden vivir peor que un mendigo en occidente. Sólo puedo decir que, ahora que me conozco, me consuelo diciendo que siempre fui una persona débil que en este bonito país fue atacada por la más poderosa de las armas, redondos ojos blancos y sonrisas que llegan hasta el cielo.

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s