PROTORELATOS: EL AVIÓN EN LA LUNA (UN RELATO DE ALBERT GUTIÉRREZ)

luna
El avión en la luna

Albert Gutiérrez

 

Era un día primaveral en el que resbalaba una brisa suave colándose bajo los manteles y haciendo bailar los vasos. El niño tiraba del brazo del padre buscando animarlo a comprar todo lo atractivo que habitaba los aparadores. El padre esperaba que en uno de esos tirones le arrancara el brazo y se llevara el miembro colgando y sangrando como una res desollada.

El padre se giró. Su brazo seguía en su sitio. Mala suerte, pensó. Levantó la mirada hacia el cielo buscando algo con que distraer la atención del niño. Vio un avión que parecía que iba a atravesar la luna. Era efecto de la perspectiva. Apretó suavemente la mano del hijo para llamar su atención y le dijo, Mira arriba, el avión va a estrellarse contra la luna. Apartó la mirada del escaparate y la levantó perezosamente hacia el cielo. Abrió tanto los ojos que no había piel que los tocara. Se contrajo y empezó a chillar de histeria tan fuerte como pudo; solo parando para respirar mientras señalaba la luna.

En la terraza se alzó un hombre sacándose las gafas de sol para ver mejor el pedazo de cielo al que señalaba aquel niño. Al levantarse golpeó la bandeja del camarero arrojándose por encima varias tazas. El café ardía y al caerle el líquido salió vapor de su brazo como si aquella parte de su cuerpo se evaporara. El cliente no se percató y siguió mirando el cielo. Una pareja de ancianas que andaban cogidas del brazo y murmurando se giraron para ver al niño que chillaba. Siguieron el dedo y vieron como el avión se iba a estrellar contra la luna. Santo Cristo, van a morir, ¡van a morir! Chillaban apretándose la una contra la otra. Una cogió el crucifijo de su cuello y empezó a frotarlo entre su pulgar e índice. El padre las contemplaba. Ambas llevaban las cejas pintadas. Lo malo es que están asustadas y no se han pintado las cejas para la ocasión, pensaba. Era como si chillaran con apatía. Le dieron ganas de borrárselas y dibujarle unas arqueadas y más propias.

La brisa seguía colándose por debajo de los manteles como levantando faldas de colegialas en un gesto travieso. Todos contemplaban el cielo y el padre contemplaba a la gente con la luna a sus espaldas. Pensó que les podría prender fuego y que sus reacciones no cambiarían demasiado. Se tocó el bolsillo. Me he dejado el mechero, pensó. Hubiera sido bello ver todo en llamas.

El avión pasó por encima de la luna y no hubo ningún accidente. Se congeló la escena durante un instante. Las muecas de las ancianas, la bandeja medio caída del camarero, los tirones del niño. Poco a poco fueron relajando sus posturas. Nada había ocurrido. Las mujeres ahora hablaban en voz alta para que todos las oyeran. Hay que ver cómo se ha puesto el niño que me ha asustado y todo, dijo una. Déjale, déjale y no le hagas caso, contestó la otra.

El hombre del bar le decía al camarero, Tú estate donde tengas que estar; ni atento a chiquilladas ni a estas dos señoras, y no me vayas tirando el café. El café lo has tirado tú y lo pagas, le contestó el camarero.

Seguían discutiendo. El hombre se giró y los contempló una vez más. Aquello le divertía. Chilló ¡Pum! Todos se asustaron y se contrajeron, hasta a una de las ancianas se le escapó un chillido agudo. Enmudecieron de nuevo. El padre se giró riendo y le dio un tirón a su hijo. Vámonos y deja de apretarme la mano, le dijo.

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