PROTORELATOS: LA OTRA VIDA POSIBLE DE EDUARDA (UN RELATO DE AINA SASTRE)

Eduarda3

La otra vida posible de Eduarda

Aina Sastre

 

Eduarda se dio cuenta de que no conseguía realizar sus proyectos. Y no era por falta de capacidad, de buenas ideas o de tiempo. Tenía excusas para todo eso. No, su enemigo era otro: ella misma. Era la reina de la procrastinación. Y aunque se marcaba plazos, siempre conseguía hallar la manera de no cumplirlos. La pereza la ganaba un martes por la tarde, los recados urgentes y banales un viernes por la mañana, y la excusa del fin de semana la libraba los sábados y domingos. Nunca era el momento.

Se dio cuenta un día y se le deshinchó el corazón, que resopló alicaído. ¿Toda su vida sería eso? ¿Sus buenas ideas se oxidarían allá a lo lejos, sin pasar nunca por sus manos, sólo porque su culo se enganchaba al sofá y a las sábanas sus párpados? Casi estuvo a punto de abandonar. Reconocerse una fracasada sin fuerza de voluntad y aceptar su rutina como un éxito aceptable tenía algo de apetecible. Pero sus sueños le aporrearon el pecho un rato, vivaces, como alguien que quiere, que necesita, que le abran una puerta cerrada, a riesgo de morir para siempre. Y al fin tuvo una idea.

Creó un alter ego. Una voz externa que era nada más y nada menos que lo mejor de ella misma. La que sí se levantaba por las mañanas, la que trabajaba en pro de sí misma, la que cumplía lo que se proponía, la que no olvidaba quién era y de qué era capaz. La esencia que le palpitaba en el pecho. La que podía conseguirlo todo. La llamó Ella. Ella, la otra. Y a cada rato que la pereza le cantaba con su voz seductora, o el hastío le rasgaba la ilusión como corteza seca de un árbol cansado, Ella aparecía. Y con voz apacible y serena, como la de los sabios, le recordaba lo que Ella haría. Y así, Eduarda fue encontrando huequitos por los que escucharse. Fue siendo cada vez más Ella misma y menos aquel producto social tan alejado de lo que siempre había querido.

De a poquito fue transformándose, paso a paso, tan leve que ni levantó sospechas. Hasta que llegó un día, en el que todo lo que hacía era lo que Ella quería. Hasta el punto de que, cuando le preguntaban su nombre, se le escapaba, con una sonrisa que casi desvelaba todo su secreto: Soy yo, soy Ella.

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