PAREJA DE DOSES (Un relato de Eduard Gudayol)

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Pareja de doses

Me he pasado treinta y cinco años encerrado en un espacio claustrofóbico junto a diez personas, ocho horas diarias. Ahora, en plena jubilación y con una débil salud mental, me apetece contaros sobre un espécimen que habita en la oficina, ese medio que erosiona igual de lento y eficaz que el viento del desierto. Ese espécimen es el liante.

Aunque muchos dirán que yo ya poseía la semilla del mal, en mí germinó ese tallo por hastío. Creció en mí como un mecanismo de protección a la monotonía y al paso de los años. No es fácil convivir con eso: coger el AVE hacia la madurez, abandonar con un hipo la estación de juventud y ver pasar los sueños sin saber manejar la locomotora. Es duro comprobar desde tu cómodo asiento como el tiempo se convierte en el paisaje monótono que ves pasar detrás de los cristales. ¿Cómo lograr creer que tu presente esta encauzado por los planes que habías trazado en la juventud? Yo no pude.

Después de leer mi relato sé que diréis que soy malvado. Yo también lo creo, así que sólo puedo añadir que soy el único culpable de ese hecho. Aunque poseía grandes cualidades, la etiqueta de liante me llegó a enorgullecer tanto que me volqué en potenciarla. No es fácil serlo, debes ser amigable, gracioso y difícil de desenmascarar. Siempre hay que esconder tus intenciones y estar al acecho. Debes poseer una inteligencia emocional suprema y ser capaz de convertirte en capataz de la conducta de los demás. Y, por supuesto, abandonar por siempre más cualquier resquicio de remordimiento que no te permita dormir. Pensaréis que eso te convierte en una hiena, también lo pienso yo, así que sólo puedo alegar en mi favor que nunca pude dormir bien.

―Oye, ¿os habéis enterado de que Fagosa tienen problemas con el fisco? ―solté una mentirijilla al monte yermo para que germinara libremente. Aun siendo un gran liante, en ese momento siempre se desconoce con qué virulencia puede llegar a florecer una información.

―No. ¿Les piden mucho? ―el volumen de ese murmullo indica siempre el éxito del troyano.

―No sé ―sí que lo sabia, era falso―, ayer vi por La 2 que Hacienda hace horas extras para pescar a los pequeños defraudadores. Se están poniendo duros.

Si os queréis dedicar al engaño, siempre deberéis decir La 2, no os servirá si decís La Sexta o Tele Cinco.

―¿Si? ―sonó el coro.

―Están investigando sobre todo a los que hace menos de cinco años que vendieron un piso ―me constaba que en la oficina había más de uno.

―Serán cabrones. Podrían ponerse con los ricos.

―Si. Se ve que hay resquicios legales que hacen que siempre te pillen, sobretodo si la fecha de compra del piso nuevo es anterior a la venta del viejo―o sea, casi siempre.

―¡No me digas, no me lo puedo creer! ―uno de ellos ya daba señales de infortunio. Por mi parte sólo debía mantener el silencio y por el rabillo del ojo detectar los temblores de mi éxito.

―Si, un amigo también me dijo algo ―dijo uno.

Siempre se suele recibir la ayuda del invisible de la oficina, del que necesita sentirse participe de algo. Son aportaciones bien recibidas por el liante, ya que el murmullo se convierte en la maleza que esconde su madriguera. Pobres invisibles, me dan lástima, lucharían contra Aquiles con tal de sentirse ejercito de algo.

―Pues mi amigo me dijo que hace poco pillaron a un vecino suyo ―siguió hablando el ayudante invisible.

Durante las siguientes semanas granizó información: que si Fagosa estaban siendo investigados pero aun no habían recibido la notificación de Hacienda, que si en nuestra oficina ya había tres personas que ampliaron su última declaración, y cinco más entre los de Fagosa y Dirección, que si el Ayuntamiento pretendía hacer una reclamación a la sucursal de Hacienda por lo que parecía ser una discriminación hacia su ciudad, etc.

Decidí que ese era el momento de pasar a otro rumor, ya que los frutos del viejo daban muestras de caer del árbol. Un buen liante debe tener bien entretenido al personal y a sí mismo. Reconoceréis que tenéis uno cerca por el ambiente de riña y enfrentamiento. Si lo localizáis debéis condescender con él, sólo es una persona que no acepta al tedio como compañero de trabajo.

―¿Os acordáis de Marta? Marta Hernández, la que estuvo durante dos años yendo y viniendo de Dirección. Esa que era tan guapa ―esta no podía fallar, la tarde se presentaba divertida.

―¿Marta? Pues a mí no me parecía tan guapa ―puntualizó Olga, el estereotipo de mujer media que deseaba ser suprema.

―Pues nada, todos los hombres del bloque de oficinas debemos estar equivocados menos tú ―dijo la voz del invisible de turno que siempre deseó ser opaco para Olga.

―¿No dijeron que Marta estuvo liada con uno de Dirección y por eso la echaron? Ayer me pareció verla en un centro comercial con un escritor famoso, uno que ganó un premio literario, no se cuál, uno local pero importante.―Dije todo eso con la cabeza gacha mirando un montón de papeles que tenía encima de la vieja computadora.

Si hubiera seguido mi manual de liante, ahí debía acabar mi aportación en esa tarde de invierno. De eso se trataba, de hablar poco y no comprometerse con datos concretos que probaran que era un mentiroso. Todo debía ser dicho con palabras como “me pareció”, “creo” o “¿no dijeron que…? Y si alguien intuía la falsedad, defenderme con un “quizás esté equivocado”, o un “tienes razón, lo escuche de segundas”. Siempre había que permanecer en un segundo plano y tener opciones para escabullirse. Aun así, aunque no lo creáis, la gente suele participar del tedio de la oficina y no suele poner en entredicho la luz que le va a iluminar la tarde. Pero no, llegó el momento efervescente en la obra del liante, en el que aparece el murmullo general y todos pretenden tomar tanda para cabecear su opinión.

Agazapado miré de reojo y vi a Luís, mi gran amigo Luís, ausente y con la tez a punto de estallar.

―Seguro que estuvo con Romero, me han dicho que llegó a dejar a su mujer pero se han reconciliado hace poco ―genial, todo iba bien, no soportaba a Romero y el árbol empezaba a hacerse grande.

―Los hombres sois memos, siempre os gusta la más caliente y provocadora. Y el escritorzucho ese, seguro que nunca ha visto a una mujer de verdad ―ladraban las envidiosas.

―Nunca me cayó bien Marta. No sé deciros el motivo pero la veía malvada.―Cristina se lanzó para tomar la delantera en el degüello, cosa que me extrañó siendo ella la única amiga reconocida de Marta.

Lo que había sido hasta el momento una simple tarde violácea de invierno, gracias al genio del liante, se convirtió en una tarde de subidas de manga y desabroches de camisa. Durante años he recurrido a los recuerdos de esa tarde para descubrir qué me impulso a volver a hablar. El hallazgo del motivo me hace sentir como lo que soy, un perro.

Luís, mi gran confidente Luís y su extraño comportamiento.

―A mi Marta siempre me pareció buena tía ―dije. Miré a Luís y seguía cabizbajo, aunque no ausente de la conversación.

―A ti todo te parece bien, nunca he visto que hables mal de nadie ―dijo no recuerdo quien.

Y allí estalló la tarde.

―Pero si él siempre lo lía todo ―soltó Luís sin masticar las palabras.― ¡A ver si te callas ya y nos dejas en paz! ―tronó.

Nunca se oyó antes semejante barullo en una oficina de Madrid. Yo, liante de oficio, aprendiz de camaleón, había sido descubierto; pero no me dolía ese hecho, lo que me inquietaba era la afrenta recibida por mi mejor amigo. Y me defendí.

―Cierto, os mentí, Marta no estuvo con nadie de Dirección. Me dijo que estuvo liada con uno de esta oficina, por eso pidió irse a Dirección.

Me comporté mal. No sólo por inventarme esas palabras, sino por mirar fijamente a Luís, cosa que dio la sensación que él sabía más y que debía hablar para explicar el extraño comportamiento. Siempre reconoceré que lo de aquella tarde fue un farol echado con solo una pareja de doses.

―¿Y porque no hablas claro? ―se levantó y se dirigió hacia mí―¿Por qué no dices que también estuvo embarazada de mi hijo y abortó? ¿Te habló de eso? ―su cuerpo se hinchaba como sólo saben hacer los gatos―¿Te dijo que la amaba locamente? Dime. ¿Te dijo que compramos un piso que tuve que vender hace un par de años? ¡Me dejó! ―bramaba― Y sí, me jodió Hacienda.

El silencio acompañó durante largos segundos toda la oficina. Luís cogió sus cosas y se largó para no volver jamás. Nunca más supe de él.

Más por suerte que por intuición había acertado esa vez en mis líos. Eso debería haberme alegrado si no fuera por Luís, mi gran amigo luís, y sus secretos.

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